Juicio Carrasco: Un jurado sin piedad

Sentada en el sillón de mi despacho y, mientras repasaba las últimas noticias sobre el veredicto del Jurado en el juicio de Isabel Carrasco me ha dado por pensar acerca de la actuación de esas personas anónimas (5 hombres y 4 mujeres) a quienes un día el sistema judicial puso en sus manos la suerte de las tres acusadas para que decidiesen sobre lo que va a ser de sus vidas los próximos 22 años.

En este punto de mi reflexión me acordé de esa excelente película que está en la mente de todos, “Doce hombres sin piedad” de Sidney Lumet, en la que un miembro del jurado, el único que tiene una mínima duda acerca de la inocencia del reo, va convenciendo a los otros once, que van cambiando su forma de pensar, de manera que resulta finalmente un veredicto de inocencia.

En el juicio de Isabel Carrasco, el Magistrado que lo ha dirigido advirtió a esos nueve hombres y mujeres con mucha claridad acerca de lo que se esperaba de ellos: “el grado de convencimiento sobre la culpabilidad de las acusadas, tiene que ir más allá de toda duda razonable”. Es decir: si cualquiera de ustedes tuviese la más mínima duda acerca de la culpabilidad de cualquiera de las acusadas, su veredicto tendría que ser de inocencia.

Y con esas indicaciones se retiró el jurado a deliberar. Tres días (setenta y dos horas) para contestar en conciencia 84 preguntas relativas al crimen que se enjuiciaba. Y todo ello después de un largo mes de interminables sesiones de juicio, separados de sus vidas, de sus familias y de sus trabajos para cumplir con un deber que la sociedad les demandaba. Esta reflexión pretende ser un homenaje a esas personas que, sin pretenderlo, se han visto involucradas en uno de los episodios más oscuros y mediáticos de nuestra tranquila ciudad.

Yo, personalmente, he tenido la oportunidad de observar a los 9 desde una posición privilegiada en estrados, sentada al lado de la acusación popular en alguna de las sesiones del juicio. Desde mi cómoda atalaya y, siguiendo las indicaciones de mi compañero y amigo, Sr. Gavilanes, me he fijado en las actitudes de cada uno de ellos, en la atención que dispensaban a una u otra intervención, a si tomaban notas o no acerca de lo que se decía, a si parecía que lo que se hablaba tenía para unos u otros interés o se ausentaban a ratos.

Creo firmemente que su labor ha sido encomiable, que seguramente no olvidarán nunca el absorbente y apasionante drama que les ha tocado protagonizar sin pretenderlo. Tengo el más completo convencimiento que el papel desempeñado por los mismos va a ser un punto de inflexión en sus vidas, que muchos de ellos les contarán a sus nietos : “yo estuve como jurado en el juicio de Isabel Carrasco”. Estoy completamente segura de que si su veredicto ha sido de culpabilidad es porque tienen pleno convencimiento de que ese es el veredicto que tenían que emitir en conciencia.

Tal y como les indicaba el Sr. Gavilanes en su alegato final : “Tienen Uds. una gran responsabilidad que el sistema judicial les ha encomendado, no la defrauden. No tengan miedo en declarar a las acusadas culpables, las culpables son ellas, no ustedes. Ustedes lo único que han hecho, y por cierto muy bien, ha sido cumplir con su deber, con lo que la sociedad les demandaba”. Y, los miembros del Jurado, se han pronunciado. Han emitido su veredicto y lo han emitido obviando los sentimientos, las pasiones encontradas que podía suscitar la víctima, las falsas apariencias o las lágrimas de alguna de las acusadas. Han actuado, en fin, como se podía esperar de ellos: como los hombres sin piedad de la película de Lumet.

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